La orquesta del Titanic y la crisis

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27-mar-2009
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Por Albert Calderó

Es la escena culminante de todas las películas sobre la tragedia: la orquesta en cubierta, tocando su repertorio, mientras el barco se hunde y sólo quedan los violines flotando. ¿Fue un acto de heroicidad surrealista como nos presentan las películas o, más bien, una reacción de inhibición y negación ante un suceso inconcebible, como cuando un animal se queda paralizado en lugar de huir ante el ataque de un depredador?

 

Yo me las prometía muy felices con esta reflexión como principio de mi artículo sobre la crisis cuando he tenido la prudencia de pedirle a Google que buscara la frase "orquesta del titanic", y para mi desolación, ha encontrado 9.730 citas. Cuando le he pedido que buscara "orquesta del titanic" y "crisis económica? en el mismo texto, ha encontrado 167 citas. La comparación es tan buena que mucha gente la ha hecho antes que yo.

 

Pero examinando los numerosos artículos en prensa y blogs que usan la metáfora he descubierto que no dicen lo que yo quiero decir. Todos usan la metáfora para culpabilizar a un dirigente político individual o a un gobierno concreto por su inacción ante la crisis: algunos a Zapatero, otros a diversos ministros, o presidentes autonómicos, u otras autoridades, de diversos colores políticos.

Me temo que nuestro problema es más grave. No se trata de que este o el otro dirigente no den la talla ante la crisis. Es algo más profundo. Decididamente creo que tengo algo que decir en un artículo a pesar de todo.

El problema de las instituciones públicas españolas ante esta crisis, de todas ellas, con independencia del color político que las gobierne, es que ni la clase política ni los altos cargos ni los funcionarios tienen ninguna formación, ni experiencia, ni vocación, para gestionar y dar respuesta a la reducción neta de los ingresos públicos.

Toda nuestra historia democrática ha sido una historia de incremento del ingreso y del gasto público, todos los años, del orden de dos veces el incremento de PIB y de otras dos veces el incremento de la inflación. En treinta años las instituciones tienen el hábito arraigado de gestionar los presupuestos en fuerte y sostenido crecimiento, y no tienen otro, y de pronto muchas de ellas se han tropezado con la increíble realidad de que ven reducidos de modo sensible sus ingresos.

¿Qué le pasaría a una familia si todos los años, durante treinta años, sus ingresos aumentaran el doble que la inflación? Los hábitos de Papá Noel de los padres y de nuevo rico de los hijos serían tan sólidos como la roca. Nuestro sistema público se ha organizado así, no concibe otro modo de vida que el crecimiento acelerado permanente.

En todo el mundo todo tipo de organizaciones públicas y privadas han aprendido, para sobrevivir, a hacer cada vez más cosas con cada vez menos gente. No en España en las instituciones públicas. Aquí todos los años aumentan las plantillas, gobierne quien gobierne; todos los años hay pelea más o menos amable entre los distintos departamentos de toda institución para dirimir quién se va a llevar esta vez la plantilla adicional del año que viene.

Ya tenemos la cifra de policías por habitante más alta de Europa, pero todos los partidos siguen defendiendo el incremento de todas las plantillas policiales con gran entusiasmo. ¿A alguien se le ha ocurrido que a lo mejor se podría aumentar la productividad de los policías en lugar de aumentar las plantillas?

Y el gasto público ha consolidado hábitos de puro derroche. Tengo muchos amigos en Suiza, el país con renta per cápita más alta de Europa, y allí, en las fiestas mayores de los pueblos, gobierne quien gobierne, el Ayuntamiento no tiene dinero para pagar los conciertos musicales. Los restaurantes y discotecas contratan músicos y quien quiere oír música o bailar tiene que pagar una entrada o una consumición. En España, al parecer, somos mucho más ricos, y todo Ayuntamiento tiene un hermoso presupuesto para financiar las giras de nuestros artistas del espectáculo, y para tener y mantener un teatro o un auditorio municipal en cada ciudad, a veces en cada barrio.

Por esto ahora, que hay crisis, que los ingresos de muchas de las instituciones están sufriendo unas reducciones sensibles, muchos gobiernos de todo color político se niegan a creer lo que está pasando. Por esto muchas instituciones se hundirán irremisiblemente en el colapso económico, mientras sus gobiernos siguen tocando el violín.

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