Los peligros de enrollarse dando discursos (políticos)

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28-mar-2012
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Por Joan Queraltó

William Henry Harrison fue elegido Presidente de los Estados Unidos de América el 4 de marzo de 1841, el noveno en ocupar el cargo. Ya era bien conocido antes, como gobernador de Indiana, cuando en la batalla de Tippecanoe lideró la victoria del ejército americano contra los indios. Pero por lo que se le recuerda es por haber dado el discurso inaugural más largo –y mortífero- de toda la historia americana: el viejo Tippecanoe, como era conocido popularmente, habló más de dos horas bajo la lluvia y el viento, sin ninguna concesión a las inclemencias meteorológicas –las crónicas de la época afirman que no llevaba abrigo, ni siquiera sombrero. Murió de neumonía el 4 de abril, sólo un mes después de haber sido nombrado presidente. De hecho, fue el primer presidente americano muerto durante su mandato, y todavía hoy ostenta el récord de la presidencia más corta.

No hay muchos ejemplos más de políticos que hayan perdido la vida por hablar demasiado rato; pero sí que hay multitud que mueren políticamente porque no han entendido que el objetivo de un discurso no es demostrar que se sabe hablar mucho rato, sino comunicar algo.

La duración del discurso es tan importante como su contenido. El mensaje que comunica alguien que habla demasiado, tanto si lo hace muy bien como si lo hace muy mal, es que no ha entendido que el público ya hace rato que no le escucha. Porque nuestra capacidad de atención es limitada: de hecho, cuando más escuchamos es durante los primeros quince minutos –muy especialmente los cinco primeros minutos. Después, vamos desconectando, hasta llegar al límite de los cuarenta y cinco minutos, cuando hasta los más entusiastas seguidores ya no están atentos a lo que se dice. Y es mucho más grave si se piensa en el trabajo de los periodistas, que acaban pescando de este mar infinito de palabras alguna frase aparentemente interesante.

Hay pocos políticos en nuestro país que se atrevan a dar discursos públicos de cinco, máximo quince minutos. Pese a la evidencia de la pérdida de atención del auditorio. Pese a la evidencia de que los discursos breves son mucho mejor recogidos por los medios de comunicación. Quizás porque decir cosas, dar contenido, es mucho más difícil que enrollarse.

En 1998, Bill Clinton, entonces Gobernador de Arkansas, dio un discurso que pareció muy largo a los asistentes a la convención del partido Demócrata –aunque fue de treinta y tres minutos; los delegados, que hasta aquel momento le silbaban, aplaudieron con entusiasmo cuando dijo “Para acabar…”. Unas pocas noches después, fue el invitado en el programa televisivo The Tonight Show. El presentador empezó preguntando “Governor, how are you?” y, sin hacer ninguna pausa, sacó un reloj de arena de debajo de la mesa y le dio la vuelta. El público enloqueció. Y Bill Clinton captó el mensaje, dejó de enrollarse, y llego a presidente.

 

 

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