Prólogo de Albert Calderó a Regiment de la cosa pública de F. Eiximenis.

Docs Albert Calderó
31-dic-1999
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(Ed. Estrategia Local, 1999).

Francesc Eiximenis es un escritor catalán del siglo XIV. Este franciscano nacido en Girona viajó por toda Europa, llegó a ser obispo y fue consejero de la Corona catalano-aragonesa, del Papado y de los Jurados de Valencia.

Es precisamente a los Jurados de Valencia a quien dedica este libro escrito en 1383. Un pequeño tratado dirigido a aquellos que rigen la comunidad ("aquells qui regiment tenen de la comunitat" ) para que la puedan gobernar, dirigir y mantener correctamente y sabiamente ("bé e sàviament governar, regir e mantenir"), dado que en ellos reside la salud del pueblo ("estiga principalment la salut del poble" ).

Es un documento representativo del pensamiento de la época medieval. Está inmerso en la visión cristiana de la vida civil y en el estilo literario del momento, con una gran cantidad de citas de los clásicos y de la patrística cristiana.

La finalidad divulgativa de esta colección nos ha llevado a no publicar la versión íntegra de la obra de Francesc Eiximenis, sino una selección, que ha seguido el criterio de preservar las tesis principales y de eliminar las numerosas citas de autores, así como las partes más estrictamente religiosas.

La versión castellana es una traducción a este idioma de la versión catalana, que no es la original en catalán medieval, sino una adaptación al actual, que respeta al máximo la sintaxis y construcción de frases del autor (excepto cuando podía dificultar su comprensión) y actualiza la ortografía.

Este libro de Francesc Eiximenis tiene un gran interés histórico y literario, pero éste no es el motivo que nos ha llevado ha editarlo; lo que queremos es servir a los objetivos de nuestra colección, que son la divulgación de nuestros clásicos sobre el arte de gobernar y la reflexión sobre su vigencia actual.

¿Cuál sería la aportación, desde estos puntos de vista, de este libro, un libro escrito en el siglo XIV? ¿Qué vigencia actual puede tener un libro sobre gobierno de la época medieval? Creemos que sí, que hay aportaciones que tienen actualidad, que hasta tienen modernidad, y que pueden ser útiles a los gobernantes y gestores públicos de hoy. Veamos algunas.

La primera impresión que un lector actual puede tener de este libro, y en general de los libros de esta época, es la presencia permanente y abrumadora de los principios y doctrina cristianas en todos los ámbitos de la vida civil, la fusión incluso conceptual entre la sociedad civil y la Iglesia. Esto choca con nuestra concepción ya consolidada de la separación entre Iglesia y Estado, del laicismo como ideología casi indiscutible de la sociedad civil y las instituciones públicas.

Efectivamente, en las sociedades occidentales el laicismo es un principio básico de la democracia, y es natural que la lectura de Eiximenis nos provoque una inevitable distancia con relación a sus afirmaciones y tesis. Pero es posible otra lectura. En la sociedad feudal un sistema basado en una dramática y explícita desigualdad entre las personas se sostenía con el cemento de una ideología religiosa que justificaba la desigualdad y, a la vez, la compensaba, por un lado estableciendo una moral de la justicia y la caridad, y por otro, predicando la esperanza en un más allá celestial e igualitario. El cultivo de un sistema de valores, de una moral y unas creencias determinadas hacía viable y soportable un sistema social profundamente discriminador.

En las sociedades democráticas occidentales, la vigencia de un sistema formal y legalmente igualitario ha producido que en muchos momentos históricos haya parecido innecesario el cultivo de ideologías socialmente integradoras. No hace muchos años estaba consolidada una creencia tecnocrática que pretendía que los gobiernos sólo deben administrar bien y punto. En cambio, ahora, parece cada vez más evidente que no es suficiente, que a además es necesario crear, y promover, y cultivar un conjunto de valores, una ética, una moral cívica, y que esta función ideológica es un trabajo de las instituciones tanto o más importante que la mejora de la gestión. Cada vez más, esta función no puede limitarse al mero discurso político y debe crear y gestionar instrumentos de gobierno específicos, y debe condicionar el funcionamiento de todos los otros instrumentos de gobierno. Desde esta perspectiva el arte medieval de gobernar recupera actualidad: gobernar es concebir y gestionar valores, creencias y principios morales de buena convivencia, y elaborar y aplicar políticas desde estos valores, y renovar y actualizar las instituciones para convertirlas en la encarnación de estos valores, y construir una liturgia civil democrática que solemnice, que visualice y difunda estos valores.

La crisis de la concepción tecnocrática del gobierno es una constatación de la incapacidad de los gobiernos de hoy en día para resolver los problemas sociales desde la pura capacidad redistributiva y gestora de las instituciones. El progreso económico y social es viable en las sociedades democráticas del capitalismo avanzado, pero este progreso crea también bolsas de marginación y de exclusión social y territorial muy importantes; crea también grandes y crecientes desigualdades en el acceso a la cultura y a la información; ha creado también grandes flujos multinacionales de dinero, de influencia y de información cada vez más lejos del alcance de las políticas de los gobiernos. Si el poder de los gobiernos se acaba allá dónde se acaba el dinero del presupuesto y la autoridad formal, todos los gobiernos, desde los municipios más pequeños hasta los países más grandes, están dramáticamente indefensos ante la mayoría de los fenómenos económicos y sociales actuales.

Se tiene que reinventar el gobierno, siguiendo una expresión que ha hecho fortuna. Y ello significa aumentar la eficacia y la eficiencia de la gestión, pero sólo con eso no se llega muy lejos. Reinventar el gobierno debería significar, sobre todo, adquirir la capacidad de gobernar ejerciendo influencia en aquellos ámbitos donde no se pueda llegar desde la autoridad formal; debería significar, sobre todo, ser capaces de gobernar desde los valores, desde la ética y desde la moral, allá donde no se pueda llegar con el dinero del presupuesto.

Los gobiernos deben aprender a dedicar el dinero a aquello que vale la pena, y a sacar de él el máximo rendimiento. Pero, sobre todo, han de aprender a gobernar sin dinero. El arte medieval de gobernar nos puede ayudar a comprender cómo se puede hacer esto: gobernar con los valores, con los principios morales, con la liturgia.

Otra reflexión que puede promover la lectura de este texto medieval es el tratamiento de la diversidad desde el gobierno. La sociedad medieval es una sociedad estamental, desigual, con diferentes rangos de personas con derechos y deberes diferentes, con gobernantes administradores de esta diversidad otorgando diferentes derechos y exigiendo diferentes deberes, y gestionando a la vez la necesaria cohesión social. Actualmente la democracia nos ha hecho a todos iguales ante la ley, y en el plano de la acción de gobierno, la burocracia cumple el paradigma de dar a todos el mismo trato. Recientemente, sin embargo, los gobiernos están viendo que dar un trato igual a todos no garantiza una igualdad de oportunidades real, aparece la necesidad de tratar de forma diferente a personas desiguales para conseguir una equiparación real: son las políticas de discriminación positiva, según las cuales ciertos grupos humanos especialmente desfavorecidos tienen que ser discriminados positivamente para que puedan situarse en un plano de igualdad.

Éste sería un ejemplo extremo de cómo, desde los principios democráticos, hace falta tratar de forma diferente a ciertos grupos humanos con el objetivo de conseguir la igualdad, pero hay muchas otras. El acceso a la información sobre el gobierno sería un caso generalizado. Diferentes niveles culturales, diferentes estilos de vida, producen grados de consumo de información radicalmente diferentes en diferentes grupos sociales. Los grupos sociales más consumidores de información pueden tener mucha información sobre los objetivos y la acción de los gobiernos pero en cambio otros grupos pueden estar muy desinformados si el gobierno no crea y administra conscientemente diversos canales de información. Los gobiernos no pueden contar hoy en día con el mercado de los medios de comunicación como un vehículo suficiente para transmitir a los ciudadanos lo que tienen que transmitirles.

En la Edad Media el Estado poseía un aparato cercano, muy poderoso y muy presente en todas partes, para transmitir ideas, valores, y también información y opinión: la Iglesia. Actualmente, los gobiernos son uno más entre muchos agentes productores de informaciones, opiniones, ideas, en un mercado de la información complejo compuesto por muchos canales y por muchos operadores en cada canal, todos regidos por las leyes de la competencia. Comunicar para los gobiernos es entrar en competencia con los otros gobiernos, y con los otros partidos políticos, y también sobre todo con el Corte Inglés, y con la Coca-Cola, y con la Liga de Fútbol.

Sólo dedicando una parte significativa de su energía, tecnología y recursos para hacerse un lugar en este nuevo mundo, en esta sociedad global de la información, los gobiernos podrán mantener canales de relación con sus ciudadanos.

Finalmente, leer Eiximenis nos evoca una sociedad presidida por una ideología teocrática, mientras vivimos en una sociedad laica, en un sistema civil sin dioses. Pero, ¿estamos seguros que vivimos en una sociedad sin dioses?

En la Edad Media todo estaba presidido por Dios. Los acontecimientos positivos se agradecían a la providencia de Dios, y las desgracias eran castigo de Dios. Todo aquello que no tenía una explicación accesible para la comprensión de cada persona se atribuía a la intervención divina.

Hoy las personas que no practican una religión, e incluso la mayoría de las personas creyentes, tienen una concepción laica de la vida social, y no atribuyen fácilmente a la intervención divina los fenómenos sociales y políticos para los cuales no tienen explicación. En este sentido, los gobernantes son los nuevos dioses, son los nuevos culpables o benefactores a los que acabamos atribuyendo lo que nos pasa si no lo entendemos. Y la mayoría de las cosas que nos afectan tienen una explicación difícil. Que un incidente en la Bolsa de Tokio deje sin trabajo a obreros de nuestro país cuesta entenderlo, y más aún por parte de los afectados. Es más fácil pensar que la culpa la tienen los políticos.

Los políticos, los gobiernos, son los dioses modernos, en el sentido que son los culpables de todo, como en la Edad Media lo era Dios. Y es muy difícil ejercer de dios sin serlo, por mucho que la demanda social, la exigencia social, sea esa. Ejercer de dios es un trabajo sobrehumano que la sociedad quiere que realicen los políticos. Ante esta exigencia es muy conveniente que los gobiernos no ahorren en aquellos recursos que les puedan permitir no decepcionar excesivamente las expectativas sociales.

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